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No me quedan cabos sueltos,
ni tristeza en los bolsillos,
toíto mi pena se fue contigo.
Rienda suelta al argumento
de querernos toa la vida
y casi pierdo yo la mía.

Y, ah, qué pena me da.
Ay, ay, ay, ay, ay, qué pena me da.

Pa querernos a ratitos
no me siento en esa silla,
me queda grande toíta tu apatía.
Por quererte y requerirte
no fui dueño de mis días,
sé por dónde queda la salida.

Y hoy, que no me sobran argumentos,
olvidé zurcir mi costado izquierdo.
Si busco escudos para defenderte,
por ahí de escapan y se van los dedos
queriendo imitar todos tus gestos
bajo el agujero.

Como lluvia de agua fina
me calaste hasta los huesos
y no encuentro quién
caliente ahora mi cuerpo.
Que no es tu culpa
y te agradezco
que no vinieras con mentiras.
Sanar ahora es cosita mía.
Sanar… es cosa mía.
Sanar… es cosa mía.

Que tú te fuiste y yo lo acepto
y veo al Fénix que se avecina;
no habrá huellas ni pretextos,
cabeza y alma van unidas.
Tú me dejaste con lo puesto,
yo alzo la vista pa’rriba:
gritaré a los cuatro vientos
que soy dueño, dueño de mi vida.

Porque hoy que ya me sobran argumentos,
olvidé zurcir mi costado izquierdo.
Si busco escudos para defenderte,
por ahí de escapan y se van los dedos
queriendo imitar todos tus gestos.
Por que hoy, que ya me sobran argumentos,
yo logré zurcir mi costado izquierdo.
Si busco escudos para defenderte,
por ahí de escapan y se van los dedos
queriendo imitar todos tus gestos
bajo el agujero.